Es quizás uno de los mayores desafíos que dejó el consensuado Acuerdo de París para hacer frente al cambio climático. Es la lucha de los países más vulnerables al principal problema de la humanidad en el siglo XXI. Es la más reciente preocupación de estudio científico sobre el presente y futuro del planeta Tierra. ¿Es acaso de importancia para América Latina? ¿Debería serlo? La respuesta se las dejo para el final de este artículo.

 

-“¿Cuál es la diferencia entre 1.5°C y 2°C?”

-“Miles de vidas”.

El diálogo no pertenece al guión de un documental ambiental, ni tampoco forma parte de una exposición científica. Fue parte de una conversación que me tomé el atrevimiento de escuchar mientras corría a una entrevista por los pasillos de las negociaciones climáticas en la 21° edición de la Conferencia de las Partes (COP21) en diciembre pasado en París, Francia. Un interrogante que muchos, pero no todos, se habían realizado desde el primer día de iniciadas las negociaciones para hacer frente al cambio climático. Una pregunta que, necesariamente, terminó por ser de preocupación, esta vez sí para todos, al finalizar la COP21 con el denominado y consensuado “Acuerdo de París”. La respuesta es tan honesta como breve, tan sencilla como compleja, tan cruda como dolorosa. Miles de vidas…

Había algo que el documento consensuado en la capital francesa nos dejaba en claro: los países deberían emprender un camino de arduo trabajo por reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs) para que el aumento de la temperatura de la superficie del planeta Tierra se encuentre por debajo de los 2°C. ¿Por qué esta cifra? Porque es lo que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) estableció como, por decirlo de la forma más sencilla, “el límite del menor mal posible”. Es decir, habrá consecuencias con un aumento de esa cifra, claro está, pero si nos pasamos de ella estaríamos por encima de la popular frase “en el horno”.

Algo que parecía tan claro en el horizonte, se encontró con una cifra menor que expresaba a gritos ser vista, ser considerada: 1.5°C. Un número tan posible como necesario, tan diferencial por más escasa que parezca la distancia numérica con el anterior. Ese grito de reclamo estuvo manifestado durante las negociaciones en París por aquellos que más sufren las consecuencias del cambio climático en carne propia, aquellos que en muchas ocasiones ya ven el agua subir por encima de sus tierras producto del calentamiento global. Los países más vulnerables, en especial Islas como Tuvalu o Maldivas, consideradas las primeras con riesgo a desaparecer como consecuencia del aumento en el nivel de los océanos. Sus desesperados esfuerzos por la consideración de esta cifra le valió una aparición en el acuerdo, pero no como un objetivo conciso a alcanzar, sino como el resultado de “esfuerzos” por tender hacia él. A ello se sumó el pedido al IPCC para que realice las investigaciones pertinentes sobre el impacto que tendría un calentamiento global de 1.5°C y presente el informe para 2018 (considerando que la implementación concreta de lo establecido en el Acuerdo de París se efectúa a partir de 2020).

Ahora bien, el gran interrogante que hoy nos convoca no tiene que ver con la diferencia entre grados. Sino por qué esa diferencia debería importarnos a nosotros, ciudadanos de América Latina. Enrique Maurtua Konstantinidis, director del Área de Cambio Climático de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), describe el panorama: “La temperatura global es el principal objetivo que tienen los países preocupados por los impactos del cambio climático. 1.5 para muchos no significa nada, pero ese pequeño número tiene detrás cambios muy grandes en el sistema climático global. Durante muchos años se habló de que 2ºC era el umbral del peligro, pero lo que no siempre se comunicó con claridad es que 2º implican impactos graves también. Es por eso que el Acuerdo de París incorpora 1,5º como objetivo de largo plazo. Esto es importante para todos los países, y Latinoamérica no es la excepción”.

¿Acaso el 1.5°C es una cifra que sólo debería importar a las islas, a los países con vulnerabilidad extrema? ¿Acaso también nosotros no deberíamos luchar por un calentamiento menor que permita reducir sus impactos futuros sobre el único planeta Tierra que tenemos para vivir? “Históricamente, la defensa o el reclamo por el límite de 1.5°C estuvo en manos de los países que se consideraron tradicionalmente más vulnerables: los países insulares. Pero en los últimos años la región de América Latina, en especial el Caribe y Centroamérica, comenzó a ser un actor importante en esa demanda”, manifiesta Juan Carlos Villalonga, diputado argentino por Cambiemos.

Maurtua Konstantinidis explica la importancia de considerar esta cifra por los impactos que, en muchos casos, ya se anticipan: “Con temperaturas superiores a 1,5ºC la subida del nivel del mar afectaría a numerosas ciudades costeras de nuestro continente, por ejemplo dejando los puertos de Buenos Aires (Argentina) y Montevideo (Uruguay) debajo del agua; y tapando las tan apreciadas playas de Florianópolis y Río de Janeiro (Brasil), entre otras. Además, los eventos extremos como el Niño se volverían más intensos y más frecuentes. De manera general, América Latina no tiene una responsabilidad significativa cuando se lo compara con otros países del resto del mundo. Sin embargo, por lo menos cuatro países de la región se ubican entre los primeros 30 emisores mundiales y la reducción de emisiones que haga será muy importante para estabilizarlas, y consecuentemente la temperatura”.

Villalonga complementa este contexto presente y futuro para la región: “En las estimaciones y evaluaciones de impacto realizadas ya se puede ver que los 2°C no representa un límite seguro sino que se asocia a la factibilidad de alcanzarlo. El aumento del nivel del mar con 2°C hace que, por ejemplo, la Reserva Costanera Sur (ciudad de Buenos Aires) esté bajo agua en un futuro o algunas áreas de La Boca o Avellaneda. Ello se debería a un menor drenaje de agua en lo que son las frecuentes inundaciones; es decir, implica agravar el problema de las inundaciones, no tanto por la elevación del nivel del mar entrando al territorio sino por, debido a ello, el impedimento del drenaje de las aguas de lluvias en La Pampa. Los 2°C de ningún modo deben ser considerados como un límite climáticamente seguro o de bajo impacto. Por eso el 1.5°C es un principio que es importante para todos”.

1.5°C o 2°C. La diferencia parece ínfima, pero no lo es. El ex vicepresidente de los Estados Unidos y fundador de The Climate Reality Project, Al Gore, es contundente e ilustrativo al respecto en cada una de sus presentaciones: “La diferencia entre 0° y 1° es contar con un cubito de hielo o un vaso de agua”. Así de gráfico, así de simple, así de preocupante. Ese cubito representa los glaciares, ese vaso de agua el temible futuro en el que nos podemos encontrar, y hasta incluso dentro de muy poco tiempo. Nuevamente… miles de vidas.

Hay problemas que pareciera que hasta que no sufrimos y vivimos las consecuencias de forma directa e inmediata, no se toma conciencia sobre la responsabilidad que tenemos ante ella. ¿Cuánto nos preocupamos por el cuidado del agua mientras sigue saliendo por la canilla? ¿Por qué sólo piensan en ello quienes tienen que caminar cientos de kilómetros por día en búsqueda de un agua que, en muchos casos, ni siquiera es segura ni potable? Que los efectos del cambio climático ya se hacen sentir en la región latinoamericana, no hay ninguna duda. Lluvias más intensas y frecuentes, fenómenos climáticos nunca antes vistos, temperaturas más extremas y la transición hacia ciudades más subtropicales… Efectos, impactos, realidades. Nuevamente… miles de vidas.

Y entre esas miles de vidas, allí están las de que intentan hacer escuchar su voz desde hace tiempo: las comunidades originarias de América Latina. “La superposición de historia, política y clima nos ha mostrado que son los países por debajo del Ecuador, denominados del Sur Global, lo que sufren más la pobreza, el racismo, las inclemencias del clima. Son países subyugados por el ‘pasado’ colonialismo y su nueva arma: el extractivismo. Argentina, un país Indígena que se cree europeo no es ajeno a esta realidad. América Latina, junto con el resto del Sur Global, comparten condiciones similares: gobiernos neoliberales con proyectos extractivos que ponen los recursos naturales en manos de corporaciones extranjeras, pasando por encima de comunidades criollas y Pueblos Indígenas, esos mismos que desde siempre han sabido cómo vivir de manera sustentable”, asegura desde Londres (Inglaterra), Martín Vainstein, activista por la justicia climática que trabaja a diario en contacto con las comunidades y en defensa por los derechos de los Pueblos Indígenas.

Lejos de atemorizar, tomar conciencia de la importancia de esta cifra es el primer paso para sumarse a una lucha que no sólo debiera importar a los países (hoy) más vulnerables, sino a la humanidad entera. Incluso, no sólo por la defensa de la propia especie, sino por la vida en todas sus formas. “El cambio climático resultante de las actividades humanas agrava la presión sobre los ecosistemas y la vida silvestre (aumento del nivel del mar, acidificación de los océanos, inundaciones y sequías, entre otros). Frente a estas alteraciones, las especies tienen dos caminos: extinguirse o adaptarse. La biodiversidad juega un rol clave en el funcionamiento de los ecosistemas terrestres y marinos para sustentar la vida de los seres humanos en el planeta”, explica Andrea Michelson, coordinadroa de Áreas Protegidas de la fundación Vida Silvestre.

Las cifras del informe “Impacto del cambio climático en las especies 2015” de la Organización Mundial de la Conservación (WWF) hablan por sí mismas: 1 de cada 6 especies está en peligro de extinción debido al cambio climático; sólo en 40 años (1970-2010) más de 10.000 poblaciones de vertebrados -entre mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios- sufrieron una disminución de 52%. Michelson se muestra contundente: “Es hora de que tomemos conciencia de que los impactos que padece nuestro patrimonio natural son sólo el reflejo de un fenómeno mucho más profundo que, sin dudas, tendrá fuertes consecuencias en las condiciones de vida de todos los seres humanos, causantes y víctimas del cambio climático”.

Pensar en el 1.5°C es pensar en el presente y futuro de la vida en la Tierra. Es asumir la responsabilidad que como seres humanos tenemos para trabajar la transición hacia un sistema energético que, de una vez por todas, abandone la explotación de combustibles fósiles para hacer uso de fuentes renovables para la satisfacción de nuestras necesidades, es adoptar nuevos hábitos cotidianos basados en el consumo responsable y consciente, es entender que el planeta nos necesita, hoy más que nunca. A todos nosotros. Nuevamente… miles de vidas.

¿Futuro preocupante, futuro negativo, qué nos deparará? Las palabras de Vainstein quizás pueden ayudarnos a pensar en lo que está por venir: “Sigo creyendo que vamos a ganar. De eso estoy seguro: el movimiento por la justicia climática ha mostrado que la única salida es interseccional, un camino donde racismo, género y migración entre otros se encuentran y que contiene la solidaridad necesaria para ganar. En lo que va del año, logramos que más de 500 instituciones se comprometieran a desinvertir 3.4 trillones de dólares de combustibles fósiles. Hemos movilizado miles alrededor del mundo, cerrando minas de carbón, impidiendo extracciones de petróleo: impactamos económicamente, pero más que eso, hemos ido sofocando socialmente a la industria petrolera”. Las palabras del profesor de Ciencias Climatológicas y Ambientales de la Universidad Catolique de Louvain, Jean-Pascal van Ypersele, quitan toda excusa al trabajo por asumir el desafío que se presenta: “El calentamiento en 1.5°C es posible económicamente. No se trata de una cuestión teórica, sino que la condición para que sea real es la voluntad política”.

Ahora sí, vuelvo a preguntarte: ¿Es acaso de importancia para América Latina? ¿Debería serlo? ¿Por qué debería importarte esta cifra: 1.5? La respuesta empieza con tu acción.

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Publicado originalmente en Sustentator.