was successfully added to your cart.

Cuando los bosques se unen con el intricado de mareas del Pacífico, la vida tropical de Perú y Ecuador se enciende hasta sus raíces. Desde allí se divisan apenas las fronteras. En esos últimos kilómetros de majestuosos manglares nacen peces, cangrejos, conchas y, también, una red para conservarlos. Se trata de pescadores, cangrejeros y concheros cercanos al Golfo de Guayaquil. Por sus venas corre agua salada. Por sus raíces, un vínculo ancestral. Esta es la lucha que, más allá de la geografía, comparten por los últimos bosques de mangles.

El primero

Santiago Aguayo, un cangrejero de arrugas enmarañadas y 75 años, se reconoce a sí mismo como el primer defensor de los manglares en Tumbes aunque, por décadas, junto a su abuelo, y su padre, fue también su depredador.

Matábamos cangrejos chicos y hembras. Sacábamos hasta 200 por día. Para el año 2003 habíamos depredado todo”, explica Santiago. Es mediodía y su día en el manglar termina con un par de cangrejos en sus redes. Para capturarlos ha utilizado una técnica artesanal: sus manos en el barro. “Con el tacto sabemos que es un cangrejo chico, lo tocamos pero no lo extraemos“. Sus manos, curtidas por 45 años de agua salada, aún son ágiles pero ya no atrapan más de lo permitido.

Nosotros mismos propusimos las vedas y logramos un tope por extractor. Cada uno saca hasta 96 cangrejos al día. Ese es nuestro acuerdo para conservar“, dice el cangrejero.

Buen conchero

Antes de los años ochenta —cuando el boom camaronero empezó al norte de Perú— los manglares de Tumbes componían un inmenso bosque de 28 mil hectáreas. Hace ya 30 años, el gobierno peruano creó el Santuario Nacional para proteger las 2 mil hectáreas de mangles restantes, aquellas que no fueron taladas para hacer crecer camarones.

Esta área natural protegida se extiende en Zarumilla, frente al Golfo de Guayaquil. En ese distrito fronterizo, algunos pescadores aún trafican conchas negras del Santuario en plena veda, es decir, cuando la extracción, la venta y el consumo están prohibidos en todo el país.

No podemos controlar a todos”, asegura Wilfredo Infante, presidente de la asociación Los Tumpis. En este bosque hay quienes respetan y quienes no. Hace un año, los primeros crearon Manglares del Noroeste, un consorcio de 6 asociaciones de pescadores preocupados por la conservación. A mediados de diciembre del año pasado  lograron que, por primera vez, el Estado firme un contrato para gestionar con ellos estos manglares.

“Vivimos del manglar, tenemos que cuidarlo. Si no lo hacemos nosotros, sus beneficiarios, ¿quién lo hará?”, dice Wilfredo. Con 27 años en este lugar, hoy solo extrae las conchas que superan los 4 centímetros y medio. “Más chica no se reproduce, tenemos que dejarla para no alterar el ecosistema”, afirma.

Mujer del mar

Al norte del Golfo de Guayaquil, Karen Cruz se sumerge a todo pulmón en el mar para recoger enormes conchas pata de mula. Apenas son las diez de la mañana en el Refugio de Vida Silvestre Manglares El Morro y allí abajo, cuando más cuesta respirar, ella es libre.

“Hay que tener buena respiración para agarrar las conchas”, explica Karen quien a los 15 años aprendió a bucear con su padre. “Él me enseñó a pescar y cuidar el mangle. No quería que dependa de un hombre”, agrega.

Con 28 años, Karen los ha vivido todos en El Morro, a 102 kilómetros de Guayaquil en Ecuador, donde habitan cerca de 2 mil personas rodeadas por vistosos mangles. Su amor por estos árboles le viene desde pequeña, pero fue cuando se separó del padre de sus dos hijos, que se volvió su defensora.

“El mangle es mi vida entera, toda mi juventud, mi fortaleza. Es adorable. Me da para comer todos los días. Al mangle lo puedo amar hasta morirme porque me ha dado todo lo que no tuve cuando era casada”, dice.

En este pequeño pueblo ecuatoriano, en el que 80% de la población se dedica a la pesca, muy pocas mujeres son autónomas. Allí día a día Karen esquiva una maraña de frases machistas por su trabajo.

“Dicen que parezco hombre porque ando en el mar. Aquí el machismo está mas arriba de lo que una mujer quiere”, cuenta ella. Es sábado y, si bien no es día de trabajo, ha venido al manglar con su madre y sus pequeños hijos.

Para llegar a donde pesca las conchas, Karen alquila una canoa por 5 dólares con la que rema junto a su madre durante una hora hacia el océano Pacífico. Al día trabaja 3 mareas, desde que el mar está lleno hasta que se retira y vuelve, para reunir 35 dólares de pesca.

Este trabajo no es duro, lo difícil es dejar a mis niños. Los traigo solo cuando la marea está así, dice Karen mientras admira a sus hijos jugar en una infinidad de almejas que sobresalen en la arena. Los mira como si encontrara en ellos el aire que le falta cuando bucea. “Mi deseo es tener mi casa aparte para defenderme con mis hijos”, expresa.

En Ecuador todavía existen algunos de los manglares más altos del mundo. Sin embargo, durante las últimas cuatro décadas se han talado más de 56 mil hectáreas de este bosque, lo que supone la pérdida de un área tan grande como el doble de su capital, Quito.

En esta parte del litoral ecuatoriano, pescadores como Karen conocen de cerca el boom camaronero promovido a fines de los años sesenta mediante concesiones que transformaron el ecosistema de manglar en piscinas para este crustáceo. Al navegar, los estragos son visibles: camaroneras, unas tras otras, se alzan entre los esqueletos de mangles.

Hace 12 años, pescadores como Karen decidieron luchar por este bosque. En asociaciones solicitaron al Ministerio del Ambiente de Ecuador que se lo declare área protegida. En el 2007, las 10.130,16 hectáreas del manglar, sedimentos y espejos de agua quedaron resguardadas en el Refugio de Vida Silvestre Manglares El Morro.

Ahora cuando Karen habla de sí misma se describe como pescadora y al mismo tiempo madre. Por humildad, quizá, olvida que es una de las más grandes defensoras de este bosque. “No me gusta que corten el mangle. Estoy peleando para cuidarlo”, expresa.

Merece la pena memorizar los manglares, tener una imagen mental de lo que son para entender que el paso dado hoy por los pescadores artesanales de Perú y Ecuador tiene un enorme valor para el futuro.

A través de la Iniciativa de Pesquerías Costeras del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF), ellas y ellos serán aliados indispensables de las autoridades de Perú y Ecuador para lograr una producción que permita recuperar los recursos, poner en valor la biodiversidad y generar empleos más sostenibles.

“Queremos fortalecer las relaciones entre poblaciones locales y autoridades para lograr que se sientan partícipe de la toma de decisiones porque son quienes viven ahí y son quienes van a sufrir las consecuencias de un mal manejo”, comenta Mariano Valverde, coordinador de la iniciativa.

Estos son los manglares que estas familias pesqueras salvan pese a que nunca los han talado. Concheros, cangrejeros, pescadores, hombres y mujeres que en unos años más sabrán si su lucha, por cuidar su único medio de vida, valió la pena.

Fotografías: Giulianna Camarena

Sally Jabiel

About Sally Jabiel

Perú. Periodista, editora y storyteller. Trabaja para Naciones Unidas en temas ambientales, de derechos humanos, género y pobreza. Sus textos han sido publicados en El Comercio, Perú21, EFE, Diario16, entre otros. Vive entre Perú y el mundo.